Sueños Desviados II: Tras expulsión de EE.UU., hermanos encuentran nueva oportunidad en tierra extranjera

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Por Kervy Robles y Camilo Montoya-Galvez

JUCUAPA, Usulután, El Salvador A dos horas de San Salvador por carretera, está este pueblo cuyo nombre proviene de la lengua Náhuatl hablada por los Pipiles, una comunidad indígena que habitaba esta zona antes de la llegada de los conquistadores españoles a principios del siglo XVI. Al establecerse, la tierra fue bautizada con este nombre que significa “río de jocotes”, debido a la gran presencia de la fruta agria en el área volcánica.

En este municipio, los jocotes aún prevalecen de popularidad entre sus oriundos, sin embargo, existe otro producto que genera la inquietud y desconcierto entre los extranjeros; y se trata de los ataúdes. Este pueblo en el sureste de El Salvador con casi 20.000 habitantes se ve abastecido por un sinnúmero de funerarias como si se tratase de un negocio emprendedor, exigido por la violencia que las bandas transnacionales han causado en la nación centroamericana; y en la que hoy, Diego y Lizandro Claros Saravia viven.  

Al caer la noche en El Cantón El Níspero, los hermanos se preparan para descansar, aunque dormir persista como un gran desafío. Los recuerdos del verano del 2017 siguen frescos en la memoria de Lizandro, ahora de 19 años. En la de Diego, de 23, vive una escena en particular, una que, como en temporadas de antaño, lo apostaba todo para proteger a su hermano menor y compañero de la zaga defensiva.

“Yo les dije que no quería que mi hermano fuera deportado, que solo me deportaran a mí, que le dejaran seguir el sueño a él”, Diego dijo, recordando el momento cuando él y su hermano permanecían detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, o ICE, por sus siglas en inglés.

Esta plegaria del mayor de los zagueros fue negada en el curso de los próximos cuatro días y así, con la noticia de la deportación derrumbando toda esperanza, Lizandro pidió una última solicitud. Una llamada que comunicaría el desenlace de su contienda más difícil: la búsqueda del sueño americano. Jonathan Claros Saravia, 30, hermano mayor de ambos defensores, fue el encargado de informar a su hermana Fátima y padres, que los pilares de su familia iban en camino a El Salvador. Él mismo, posteriormente, realizó una siguiente llamada que dejó perpleja a una de sus tías quien reside en el estado de Usulután.

“Fue a mí a quién me dieron la noticia. Yo estaba en mi trabajo. Y me llamó Jonathan. Y me dijo ‘mis hermanos están en el avión. Vayan a recogerlos al aeropuerto’”, dijo Beatriz Orellana, una de las hermanas de Lucía Saravia, madre de Diego y Lizandro. “Fue algo muy duro, porque teníamos la esperanza que se iban a quedar allá”.

Beatriz y su familia prepararon camas y armarios en medio de la encrucijada que dejó poco tiempo para el desconsuelo. En la casa; ubicada a cinco kilómetros de la Parroquia San Simón en el corazón de Jucuapa, en la que José Santos Claros, el padre de los hermanos, invirtió grandes cantidades de dinero durante muchos años y en la que nunca imaginó que vería a sus hijos volver; se respiraba desilusión y melancolía.

“Para ellos ha sido difícil; un cambio totalmente drástico. Ellos se notaban tristes y preocupados al mismo tiempo, porque no sabían que iba a suceder con ellos”, dijo Verónica, la menor de las hermanas Orellana.

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Diego y Lizandro Claros Saravia viven hoy en Jucuapa, El Salvador, donde la compra y venta de ganado, además de la crianza de gallinas, son formas de sustento económico para el hogar de la familia Saravia. Kervy Robles para Después del Silbato Final

Tras pasar casi una década viviendo en los suburbios del estado norteamericano de Maryland, los hermanos, se convirtieron en foráneos de la tierra que los vio nacer. “Ya había pasado casi 9, 10 años”, indicó Lizandro, sentado al lado de su hermano en un corredor rodeado por un ganado y gallinero que sirve de anexo entre su casa y la de sus tías. “Siento que todo ha cambiado desde que nos fuimos”.

Y aunque el Cantón el Níspero y su gente ha cambiado con el tiempo, El Salvador y su idiosincrasia no ha tenido el mismo porvenir. En el país más pequeño de Centroamérica todavía predomina la desigualdad económica y corrupción política que alcanza los niveles más altos del gobierno.

A pesar de que El Salvador ha experimentado un desarrollo industrial significativo en los últimos años, la nación aún cuenta con uno de los Productos Internos Brutos más bajos de Latinoamérica, según el Fondo Monetario Internacional. Asimismo, en el 2016, el 38,2 por ciento de la población vivía por debajo del umbral de pobreza, según un análisis del Banco Mundial.

Con un gobierno incapaz de luchar ante esta economía urgida de soluciones, el pueblo se vio forzado a resolver sus propias necesidades con sueldos mínimos y la falta de oportunidades laborales. “Es igual a cualquier país pobre. Hay muchas personas que prácticamente no tienen donde vivir, apenas tienen qué comer,” Lizandro dijo. “Y la violencia ha surgido por eso. Mucha gente ha nacido prácticamente en la pobreza. Y están cansados de eso. Están cansados que el gobierno se robe tanto dinero y nunca hacen nada por el pueblo”.

En medio de toda esta conmoción nacional, de reclamos y protestas, el gobierno salvadoreño se encontró sumergido en una serie de escándalos de corrupción durante tres mandatos presidenciales.

Antes de fallecer en enero del 2016, Francisco Guillermo Flores Pérez, presidente entre 1999 y 2004, fue acusado por la justicia salvadoreña de desviar una donación de 15 millones de dólares proveniente del gobierno de Taiwán para los damnificados de los terremotos que azotaron al país centroamericano a principios del siglo XXI. Su sucesor, Elías Antonio Saca, quien lideró el gobierno salvadoreño entre 2004 y 2009, fue arrestado por la policía nacional en octubre del 2016 y actualmente enfrenta cargos de lavado de dinero bajo una acusación de desviar más de 300 millones de dólares de las cuentas del Estado a su partido político, empresas y allegados. En junio del 2018, la fiscalía salvadoreña ordenó la captura de Mauricio Funes, presidente entre 2009 y 2014, por cargos de corrupción y encargó a la Interpol de localizar y extraditar al ex mandatario, quien hoy se encuentra asilado en Nicaragua.

A estos doce años de caos político se le suma el más reciente gobierno salvadoreño, que de igual manera a sus pasadas administraciones, no ha logrado revertir una de las luchas más grandes del país centroamericano: inseguridad nacional.

En el 2012, la administración del presidente Funes negoció una tregua entre las dos pandillas más poderosas del país, la Mara Salvatrucha, o MS-13, y Barrio 18, que por algunos meses ayudó a reducir las alarmantes cifras de homicidios. Sin embargo, esta tregua, frágil desde su implementación sufrió oposición de una gran parte de la sociedad salvadoreña y fracasó después de tan solo dos años, después que el presidente Salvador Sánchez Cerén, el asiento presidencial desde el 2014, la descartara por completo. Además, su gobierno adoptó una política de “mano dura” contra las pandillas y enjuició a funcionarios de la previa administración quienes posibilitaron dicho acuerdo controversial.

Pero estas severas medidas no dieron sus frutos. Todo lo contrario. Las tasas de homicidios aumentaron dramáticamente y desde la llegada de Diego y Lizandro en agosto del 2017 a junio del 2018, se han registrado 3.657 homicidios según estadísticas del Instituto de Medicina Legal de El Salvador.

Son bajo estas preocupantes condiciones nacionales que los defensores llegaron a su país natal, el mismo que ha atestiguado la salida de muchos de sus compatriotas.

Pese a las rígidas medidas migratorias implementadas por la administración del presidente estadounidense Donald Trump y un descenso significativo en la inmigración indocumentada hacia los Estados Unidos, el 2018 ha visto miles de familias centroamericanas dirigirse hacia el norte en el siempre peligroso trayecto migratorio y así escapar la violencia y pobreza de sus países natales. Las detenciones de familias migrantes en los puertos de entrada en el territorio fronterizo de EE.UU. y México ha incrementado progresivamente desde el verano y especialmente en octubre, mes que marcó un récord de 23.121 familias detenidas, según cifras del gobierno estadounidense.

La oleada llevó a la administración del presidente Trump a implementar la controversial política de separación de familias, que poco después el mandatario se vio forzado a rescindir como respuesta a un masivo desapruebo nacional. Hace poco, el gobierno desplegó más de 5.000 soldados como apoyo logístico a la patrulla fronteriza. Sin embargo, miles de migrantes continúan acampando cerca de los puertos de entrada a espera de un asilo en EE.UU. para no volver a la violencia e inestabilidad económica en el Triángulo Norte; donde las ya conocidas bandas transnacionales tienen como objetivo principal reclutar jóvenes de edades como las de Diego y Lizandro. Jóvenes, vulnerables a la realidad y que en su mayoría, carecen de figuras paternales, y a su vez, de sustentos económicos.

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Una señal en El Amatillo, un pueblo cerca a la frontera entre Honduras y El Salvador, sirve como estancia para muchos migrantes en su trayecto hacia EE.UU. Kervy Robles para Después del Silbato Final

“Si hubieran pensado de otra forma diferente, ellos tal vez hubieran querido entrar a una pandilla en El Salvador. Porque eso es lo que pasa allá”, dijo Jonathan, el mayor de los hermanos Claros Saravia. “Niños que no tienen mamás o que son abandonados encuentran ese aliento para ser miembros de las pandillas”.  

El temor de su familia, en el pueblo de Germantown, por caer en las riendas de estas sangrientas pandillas transnacionales fue contrarrestado por los valores inculcados en Diego y Lizandro a temprana edad por sus padres. Precisamente, Lucía y José siempre demostraron esa lucha constante ante la adversidad, algo que ambos defensores tuvieron que experimentar al llegar a El Salvador.

“No nos íbamos a quedar con los brazos cruzados. Lo intentamos, seguimos estudiando y jugando juntos en el fútbol”, dijo Diego, el más veterano de los centrales.

Esta determinación fue formada después de superar un periodo de frustración y desorientación en el que Diego y Lizandro, todavía traumatizados por sus desgarradoras experiencias, veían un futuro con poco optimismo. Sin embargo, una vez más, es mediante el fútbol y el balón rodando en las angostas calles de El Cantón El Níspero, que los defensores encontraron una fuente de inspiración.

El anhelo de volver a las canchas no se hizo esperar, y es entonces que los dos zagueros salvadoreños decidieron probar suerte en distintos equipos locales. Escuadras como las C.D. Águilas y el C.D. España de San Buenaventura vieron a los hermanos en acción. “Los primeros dos equipos no nos daban oportunidades de jugar juntos”, Lizandro enfatizó. “Entonces, decidimos jugar en un equipo donde estuviéramos juntos”.

Y no fue posible. Diego y Lizandro no tuvieron éxito en toda prueba en la que participaron y creen que esto se debe a la falta de conexiones en el ámbito futbolístico. Las conexiones, o “cuello”, como lo denominan en El Salvador coloquialmente, facilitan a un joven de ser visto con ciertos beneficios que no necesariamente garantizan destrezas inmejorables en el campo de juego. Esta es una situación en la que hoy muchos adolescentes, sin un apellido de renombre, como los Claros, se encuentran.

Estos son tiempos diferentes, lejanos de aquellos años maravillosos en los que La Selecta clasificó por primera vez a un certamen mundialista después de vencer a Haití con gol de Juan Ramón “Mon” Martínez mediante un letal cabezazo en tiempo extra en Kingston, Jamaica. Décadas en las que dichas conexiones no servían de nada, jugaba el que mejor estaba y si no era lo suficientemente bueno, había que luchar. Y en algunas ocasiones, no en el campo de juego precisamente, si no en el campo de batalla.  

En 1969, antes de esta histórica clasificación, El Salvador y el país vecino de Honduras se sumieron en un conflicto armado que se extendió por cinco días, y que fue catalogado como “La Guerra del Fútbol” por el afamado periodista polaco Ryszard Kapuscinski. El origen de esta guerra se produjo en suelo Hondureño, donde miles de inmigrantes salvadoreños fueron objeto de persecución y agresiones como resultado de largos años de tensión entre las dos comunidades. Esta tensión era percibida en todos los ámbitos, y el fútbol no era la excepción. Para asegurar su primera participación mundialista, La Selecta tenía que vencer a su similar de Honduras en dos partidos que generaron grescas entre las hinchadas y coincidían con los primeros ataques hechos por ambos bandos utilizando aviones de combate notablemente inusuales para la época. La guerra llegó a su fin tras la mediación de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en julio del mismo año, después de causarle la muerte a más 2.000 civiles, según archivos de investigación de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.  

Figuras como Juan Fernández, Mauricio Manzano, José Antonio Quintanilla y el “Mon” partieron a México en busca del sueño mundialista, regresando antes de lo previsto. La Selecta perdió sus tres partidos de la fase de grupos y quedó eliminada. Un nuevo mundial para El Salvador llegaría doce años después, liderado por el futbolista más grande que la tierra de los volcanes ha visto nacer: Jorge Alberto González Barillas, mejor conocido como “El Mágico”.  Sus regates le permitían burlar defensores dejando asombrado a todo El Salvador desde sus primeros pasos en el combinado de Administración Nacional de Telecomunicaciones, conocido también como ANTEL. Su juego admirable sirvió para clasificar a la selección salvadoreña a España 1982, y para que también se registrase el único gol de La Selecta en un mundial en los pies de Luis Ramírez Zapata, después de una magistral jugada individual de El Mágico, que causó la indignación de los defensores húngaros y la adoración de los miles que lo presenciaron en el estadio Manuel Martínez Valero del Elche CF. Aunque la participación de su selección fue fugaz durante todo el torneo, el flaco mediocampista fue fichado por el Cádiz CF, club costero donde enamoró a más de un fanático gracias a sus goles, dignos de generar un suspiro.

Sin embargo, muchas historias existen sobre que causó realmente el descenso del brillante juego del máximo exponente del fútbol salvadoreño a nivel mundial.

En el estadio Sergio Torres del municipio de Jucuapa juega el C.D. Luis Ángel Firpo, equipo que Diego y Lizandro apoyan desde antes de partir a los Estados Unidos en el 2009; y es aquí en este mismo coliseo donde un mito sobre “El Mágico” es relatado.

Un señor de cabello blanco correspondiente a su edad, que escuchaba por la radio los partidos simultáneos y determinantes para los playoffs de la liga salvadoreña, le contó a ambos hermanos que allá por 1984, el entonces director técnico del FC Barcelona, César Luis Menotti, se interesó por el salvadoreño, quien fue invitado a una gira en los Estados Unidos con los azulgranas. El cuento prosigue y data que un día mientras todos sus compañeros desalojaban un hotel por una alarma de incendios supuestamente activada por Diego Armando Maradona, “El Mágico” permanecía en su habitación con una mujer. Esto causó la ira de los dirigentes del club catalán, quienes decidieron no ficharlo.

En el estadio Sergio Torres, con 5.000 espectadores y gran resguardo policial cerca del campo, Diego y Lizandro escucharon una historia sobre “El Mágico”. Kervy Robles para Después del Silbato Final

“Nunca sabremos si El Mágico hubiese triunfado en un equipo de élite como el FC Barcelona,” dijo el hombre, al término de su relato.

Ambas escuadras llegaron a paso acelerado al estadio Sergio Torres, que no contaba con camerinos. Aunque sí lo hacía con máxima seguridad policial y un aliento interminable por los casi 5.000 espectadores. Los cánticos y el espléndido ambiente futbolístico invitaban a Lizandro a la contemplación de lo que pudo ser. Sus memorias regresaban periódicamente, y con gran melancolía, al momento en que recibió una beca para jugar al deporte que tanto ama, y que en ese momento, veía desde las gradas. Lizandro no podía escapar de lo que pudo ser y de sus sueños desviados, literalmente representados en una carta que recibió su familia después de la deportación.

“La injusticia que el gobierno de nuestra nación ha cometido contra Lizandro y todos sus seres queridos es inexcusable, y me parte el corazón que mi país, el cual amo mucho, sea liderado por hombres y mujeres con tanto egoísmo y malicia en sus corazones”, escribió Tylor Jones, ex asistente técnico de Louisburg College, universidad donde Lizandro estaba supuesto a integrarse en el verano del 2017.    

A días del inicio de la pretemporada de este año, el ex entrenador de los Hurricanes gozaba de una cálida tarde en la tranquilidad de su casa junto a su esposa. El joven estratega creyente del fútbol total sabía que muchos de sus pupilos llamarían para pedirle un favor debido a que un gran número de estos, venían de hogares fuera del estado de Carolina del Norte, como lo era el caso de Lizandro. Una de estas llamadas informaría una insospechada y lamentable noticia.

“Esperaba escuchar la voz de Lizandro, pero era la voz de su hermana, quien estaba llorando incontrolablemente”, Jones dijo, recordando como aquella tarde se tornó en uno de los eventos más devastadores que pudo escuchar. “Ella solo dijo ‘se los llevaron. Se los llevaron. Tienen a mis hermanos. ICE detuvo a mis hermanos. Por favor ayúdanos’”.   

Estas drásticas medidas en contra de Diego y Lizandro no representaban los verdaderos valores de los Estados Unidos, según Jones, que a su vez, sentía impotencia de no poder intervenir en la deportación. La frustración de ver a ambos hermanos alejados de sus sueños más añorados, provocaron en Tyler un deseo de expresarse ante la injusticia. Y es así, como el joven entrenador, que nunca conoció personalmente a los defensores, decidió escribir una carta con destino a la familia Claros en Germantown, junto con la camiseta número 3. Camiseta que Lizandro escogió vestir para la temporada que nunca jugó.

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Después de que Fátima, hermana de Diego y Lizandro, comunicó a Tyler Jones, ex asistente técnico de Louisburg College, que ambos hermanos fueron detenidos, el estratega escribió una emotiva carta, y con ella, la camiseta que Lizandro escogió vestir para la temporada que nunca jugó. Kervy Robles para Después del Silbato Final

“Conversé con Lizandro por teléfono para ver como estaba en El Salvador. Y aunque tiene todo el derecho de estar lleno de odio y furia, escuché a un joven ejemplar,” dijo Tyler.

El estratega recuerda muy bien esta llamada debido a la determinación que Lizandro mostró en los 10 minutos de conversación. El final de la comunicación, tendría además, al entrenador americano exigiendo emotivamente al menor de los hermanos continuar su sueño de convertirse en futbolista profesional.

“No me he dado por vencido. Este es mi sueño y voy a continuar luchando y haciendo lo que sea necesario”, Lizandro respondió con seguridad y convicción, sin saber lo que el futuro cercano depararía para él.


II: Dios sabe lo que hace y le da las batallas más fuertes a sus mejores guerreros

Diego y Lizandro se despiertan muy temprano por la mañana para dirigirse a clases imprescindibles en sus aspiraciones de graduarse bajo los títulos de Ingeniero Mecánico y Licenciado de Negocios Internacionales. Cuando las manecillas del reloj indican las dos de la tarde, ambos salen animosos de sus salones y caminan de regreso a su dormitorio. Almuerzan, toman una siesta y visten medias y zapatos de fútbol porque a las cuatro de esa misma tarde tienen una cita en el terreno de juego.

Esta es una rutina muy familiar para los hermanos, una que, un corto tiempo atrás, seguían asiduamente. Ahora, este hábito no se lleva a cabo en los Estados Unidos, tampoco en El Salvador, si no en la República de Nicaragua.

Cuando fueron deportados en el verano del 2017, Diego y Lizandro creyeron que nunca volverían a sentarse en un salón de clase o integrar una escuadra universitaria. Al no encontrar oportunidades en el ámbito futbolístico en los primeros meses de su retorno a Jucuapa, los hermanos dieron por perdidas todas sus esperanzas, aunque en Maryland, Fátima les aseguraba que todo había sucedido por una razón.

“Se cerró la puerta aquí. Pero al llegar allá, se les abrirán muchas”, Fátima recuerda haberles comunicado este vaticinio durante un periodo de gran frustración.

Fue en este momento, que una oportunidad, una puerta como dijo Fátima, se abrió para los hermanos. Al enterarse de la conmovedora historia de los jóvenes futbolistas, la sede latinoamericana de la universidad estadounidense de Keiser, localizada en el pueblo de San Marcos en el sudoeste de Nicaragua, les ofreció a Diego y Lizandro una beca deportiva.

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Inicialmente, los hermanos hesitaban en aceptar la beca deportiva que Keiser University ofreció. Su familia, sin embargo, los aconsejaba de aceptar esta nueva oportunidad en Nicaragua. Kervy Robles para Después Del Silbato Final

En primera instancia, los hermanos vacilaban en mudarse a un país en el extranjero después de su desgarradora experiencia. Su familia, sin embargo, los aconsejaba de aceptar esta espléndida oportunidad.

“Bueno, solo nos decían que la vida no había terminado, que tenemos que salir adelante y que, pues, Dios sabe lo que hace y le da las batallas más fuertes a sus mejores guerreros,” Lizandro dijo. “Teníamos que seguir adelante y buscar mejores oportunidades. Ya si no fuera en Estados Unidos, en otro país”.

Así, en otoño del 2017, ambos hermanos se unieron a los aproximadamente 30.000 residentes del pueblo que hace honor a San Marcos Evangelista en el departamento de Carazo, territorio ubicado entre el océano pacífico y el lago Cocibolca, el más grande de Centroamérica. En este sector, el café perdura como unos de los productos más importantes desde que el gobierno de José Santos Zelaya facilitó la vinculación de Nicaragua con el mercado mundial a principios del siglo XX. Fue precisamente durante el término de su jefatura, que un comerciante norteamericano de nombre Albert Adlesberg introdujo el deporte del béisbol en la región, trayendo consigo implementos de esta disciplina desde tierras estadounidenses. Pronto, se formaron clubes como Southern Base Ball Club y White Rose en Bluefields, que años más tarde llevarían a sus herederos organizar el primer partido oficial en julio de 1891 en Managua. Desde entonces, al igual que el café, el béisbol es reconocido como parte de la identidad nacional del país nicaragüense, algo que fue cotejado de inmediato por Diego y Lizandro.

Cuando ambos se incorporaron al equipo de Keiser, se toparon con un estilo de fútbol totalmente ajeno, y que resultaba para ellos el porqué del reducido fanatismo en comparación al deporte de los jonrones en la cultura deportiva de la nación. Sin embargo, esta no era la única razón del estancamiento futbolístico en Nicaragua.

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En el mes de octubre, ambos hermanos se unieron a las filas de los Seahawks, compartiendo una vez más la zaga defensiva. Diego y Lizandro actualmente siguen las carreras de Ingeniería Mecánica y Negocios Internacionales. Kervy Robles para Después del Silbato Final

A lo largo de los últimos años, la corruptela y la avaricia política que ha subsistido en el sector administrativo del fútbol nicaragüense ha obstaculizado el desarrollo del deporte en el país centroamericano y el avance de su infraestructura. Su ejemplo más reciente: el Estadio Nacional en Managua.

En el 2005, la edificación de esta nueva instalación deportiva en las faldas del Cerro Morokón contó con la aprobación del Proyecto Gol, un programa de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, o FIFA, para promover la formación de jóvenes con talento a fin de prepararlos para una carrera profesional en países subdesarrollados con el apoyo de bienes económicos.

Después de recibir un primer monto de 400.00 dólares en el 2001 para construir un campo de entrenamiento para jóvenes, la Federación Nicaragüense de Fútbol recibió un total de 814.105 dólares por parte de la FIFA para cimentar el Estadio Nacional en Managua, gracias a las contribuciones del Proyecto Gol en el 2005 y 2007.

En el 2011, el entonces poderoso presidente de la FIFA Sepp Blatter, quien luego fuese acusado de corrupción, presidió la inauguración del Estadio Nacional. Hoy en el 2018, este recinto aún luce como un proyecto inconcluso, y que a priori, fue catalogado como el “próximo estadio Victoria” del equipo de Necaxa en Aguascalientes, México, todo esto bajo la inspección del entonces Presidente de la Federación Nicaragüense de Fútbol, o FENIFUT, Julio Rocha.

Entre el 2005 y 2007, la FENIFUT recibió más de 800.000 dólares por parte de FIFA para construir el Estadio Nacional en Managua. Sin embargo, en 2018, el recinto luce como un proyecto inconcluso. Kervy Robles para Después del Silbato Final

En mayo del 2015, Rocha, quien estuvo al frente de la FENIFUT por 26 años, fue arrestado por las autoridades suizas en un hotel de Zúrich junto a otros seis funcionarios de la FIFA tras una investigación transnacional del Departamento de Justicia estadounidense. El siguiente año, el influyente dirigente deportivo se declaró culpable de aceptar sobornos a cambio del otorgamiento de derechos de comercialización de partidos clasificatorios de la selección nacional para los mundiales del 2010, 2014, 2018 y 2022.        

A esta corrupción administrativa, se le suma un nuevo elemento que también interrumpió el desarrollo del deporte y su agenda futbolística. La violenta crisis política que se desató en Nicaragua en abril del 2018 causó la suspensión del premundial sub-17 de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y El Caribe de Fútbol, o CONCACAF por sus siglas en inglés, con tan solo dos partidos jugados, y además la cancelación del amistoso internacional entre las selecciones de Nicaragua y Argentina en vísperas al inicio de la Copa del Mundo de Rusia.

La interrupción del deporte nacional y el aplazamiento de protestas en la Vieja Managua anticipaban una crisis de mayor envergadura, presagiado inclusive en San Marcos, a 23 kilómetros del epicentro conflictivo, donde Diego y Lizandro terminaban su segundo semestre estudiantil.

El gobierno del Presidente Daniel Ortega sufría progresivamente el arrecio de numerosas manifestaciones a raíz de su propuesta de aumento de impuestos y cortes a los programas del estado. Estas protestas se extendieron a lo largo y ancho de la nación, principalmente en sedes universitarias, que por muchas décadas, fueron bastiones de apoyo para el movimiento Sandinista, el partido izquierdista del actual mandatario.

Los llamados árboles de vida, estructuras metálicas y símbolos del gobierno Orteguista que adornan la capital, se convirtieron en el blanco de los ataques de los manifestantes durante la semana del 18 de abril, misma en la que Diego y Lizandro decidieron volver a El Salvador, lugar que inicialmente habían dejado por la violencia que hoy, sumerge a Nicaragua en una profunda crisis sociopolítica.

“Tuvieron que salir para acá, estaban desesperados, no sabían ni donde ir a comprar comida, porque estaba todo cerrado pues, por la situación que pasaba en Nicaragua,” dijo Beatriz Orellana, una de las tías con las que ambos hermanos viven en Jucuapa.


III: ‘Mientras no estoy en los Estados Unidos, no hay sueño americano’

En El Cantón El Níspero, Diego y Lizandro aprovechan el silencio de la tarde para concentrarse en lo que queda pendiente del semestre, el que profesores y decanos decidieron que podían finalizar desde casa. Con el uso de la Internet, ambos hermanos son capaces de finalizar sus respectivas asignaturas, y enterarse del agravamiento de las protestas que dejaron atrás en Nicaragua.

Desde abril, el gobierno del Presidente Ortega ha llevado a cabo una sangrienta campaña de represión en contra de grupos disidentes con la ayuda de bandas paramilitares. Y en el transcurso de siete meses, dicho conflicto le ha costado la vida a más de 300 personas, provocando fuertes críticas de la comunidad internacional e incluso el repudio de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos.

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Cuando los sangrientos disturbios políticos en Nicaragua iniciaron en Abril, uno de los blancos de protesta en contra del actual gobierno fueron los “árboles de vida” en el corazón de Managua, tótems del president Daniel Ortega. Kervy Robles para Después del Silbato Final.

Cuando la opción de estudiar en Nicaragua surgió como una nueva oportunidad en las vidas de Diego y Lizandro, la familia Claros, desde Maryland, avaló la decisión debido al mejor estado de seguridad que este país aparentaba tener en comparación a El Salvador en ese momento. 

Hoy, la situación ha cambiado rotundamente. Lucía, José, Fátima y Jonathan temen que los miembros más jóvenes de la familia vuelvan a clases en una Nicaragua todavía sumergida en sangre y caos político.

Y mientras Diego y Lizandro aguardan por una conciliación política en el país vecino, su familia en los Estados Unidos sigue ampliamente afectada por el cambio de medidas migratorias por parte de la administración del presidente Trump. En septiembre del 2019, cuando el programa de Estatus de Protección Temporal, o TPS por sus siglas en inglés, se termine para El Salvador, José y un aproximado de 200.000 salvadoreños perderán su permiso de trabajo y solo contarán con dos opciones: permanecer en los Estados Unidos como indocumentados o regresar a su tierra natal.

Al igual que su padre, Fátima enfrenta una incertidumbre migratoria. Bajo el mandato del presidente Barack Obama, Fátima tuvo la oportunidad de obtener una licencia de conducir y una autorización de trabajo tras una orden ejecutiva que implementó el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, o DACA por sus siglas en inglés, con el fin de beneficiar a los denominados DREAMers, inmigrantes indocumentados que llegaron al país como menores de edad.

Sin embargo, un anuncio que implicaba el futuro de DACA se haría escuchar mientras ella participaba en una de las protestas en contra de la deportación de sus hermanos al frente de la Casa Blanca: el fiscal general Jeff Sessions, conocido como un partidario de políticas antiinmigrantes, comunicó esa mañana que el gobierno estadounidense acabaría con el programa.  

“Cuando dicen ‘OK, DACA se termina’, fue un impacto grande para mí porque no estaba ahora peleando solo por mis hermanos, si no que ahora por mí misma”, dijo Fátima.

Mientras tanto, Jonathan, al igual que sus hermanos Diego y Lizandro, no clasificó con los requerimientos que dicho programa solicitaba, entre ellos, ingresar al país con una edad más temprana a los 16 años. Jonathan tenía 17 cuando pisó suelo americano.

Al haber llegado en el 2004, Lucía se veía incapaz de clasificar a un programa migratorio. Ella es indocumentada.

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La administración del Pdte. Trump decidió finalizar el programa de Estatus de Protección Temporal o TPS, por sus siglas en inglés, para varios países, que incluye El Salvador y así José Santos Claros, el padre de Diego y Lizandro, tendrá solo dos opciones en otoño del 2019: permanecer en EE.UU como indocumentado o retornar a su tierra natal. Kervy Robles para Después del Silbato Final

Tras un año de la deportación, las posibilidades de volver a los Estados Unidos son escasas para Diego y Lizandro. “No quiero cerrar las puertas, pero creo que es muy difícil que ellos regresen en un corto plazo”, indicó Katz, quien fue abogado de los hermanos durante el proceso de deportación. “Tengo esperanza que algún día regresen, pero no veo ningún camino inmediato y concreto para lograrlo”.

A pesar del incierto migratorio en el que hoy la familia Claros vive, ellos persisten en la lucha y dedicación en sus jornadas laborales, con la esperanza de que algún día este esfuerzo pueda ser recompensado y reunirse una vez más.  De momento, los Claros son reconocidos como la perfecta representación de los inmigrantes que llegan a este país a trabajar y superarse; un testimonio constatado incluso por líderes políticos del estado de Maryland.

“Si podemos implementar una reforma migratoria integral en este país, puede que se presente una manera de que ellos regresen”, indicó el ex congresista por Maryland, John Delaney.

El actual senador demócrata por Maryland, Chris Van Hollen, también se hizo presente en la lucha por los hermanos, mediante un mensaje lleno de optimismo: “América es su hogar, los queremos en casa y vamos hacer todo en nuestro poder para traerlos”.

Desde la intimidad de su casa en Gaithersburg, a 15 minutos de distancia a su antiguo hogar en Germantown, la familia Claros enciende unas cuantas velas religiosamente y mantienen la fe; esa misma que salvó a José de la muerte cuando su bus cayó a un abismo en trayecto a Huehuetenango; esa misma que alivió a Lucía mientras caminaba por el desierto con un par de rodillas plagadas de espinas y sangre; esa misma que brindó a Jonathan la fortaleza de no llorar y comunicar que Diego y Lizandro iban en un avión para El Salvador; esa misma, finalmente, que impulsa a Fátima de seguir protestando por lo que ella cree injusto: la deportación de sus hermanos.

Esa fe es compartida miles de millas lejos de los suburbios de Maryland. Diego y Lizandro continúan sus sueños, que nunca se esfumaron, pero que hoy, tan solo son, sueños desviados.

“No sabemos si volveremos a los Estados Unidos. Pero, si no se nos da, graduarnos aquí y ver donde conseguir trabajo,” dijo Diego. Un segundo después, Lizandro agregaría, “Si no es Nicaragua, tal vez en los Estados Unidos. El punto es graduarme y buscar un buen trabajo y sustentar, si dios quiere, a la familia que tenga y también a mis padres para que estemos juntos juntos otra vez”.

A pesar de su compromiso de continuar sus estudios y jugar fútbol en tierras extranjeras, Lizandro es consciente de que él y su hermano podrían enfrentar un veto de 10 años de ingresar a EE.UU., país que aún consideran su hogar.

“Tal vez no se ha acabado pero, la verdad, a mi me gusta ser realista y pensar en dónde estoy,” Lizandro dijo. “Y mientras no estoy en los Estados Unidos, no hay sueño americano.”

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Nota de los editores: Nuestra segunda parta de la serie Sueños Desviados narra la deportación de dos jóvenes y estrellas futbolistas salvadoreños, y a su vez, sus vidas después de ser forzados a abandonar su hogar en los suburbios de Maryland y retornar a El Salvador, plagado de violencia. Lee aquí la primera parte.